COVID-19 y Qué Nos Enseña sobre Nosotros Mismos, Segunda Parte

En marzo subí un posteo en el cual delibero sobre la pregunta que ves en el título. En ese primer artículo quise explicar que la enfermedad masiva en nuestro mundo puede tener un “borde dorado” para las personas que logren ver en ella la oportunidad de acercarse a Dios. Si no has leído el primer articulo, te recomiendo hacerlo antes de leer este. Puedes verlo en este enlace aquí.

Pero quedan varias preguntas…no, quedan muchas preguntas sin contestar todavía. Así que decidí que debía volver a tocar el tema. Mi intención no es explayar las estadísticas de la mortandad del virus, no es crear más pánico sobre su ámplio alcance (en las redes sociales y los medios de comunicación hacen bastante de ello), ni tampoco es mi deseo culpar a las autoridades sobre el problema y su manejo. Es mi anhelo ayudarte a tí, amigo(a) lector(a) procesar este evento global bajo la lupa de un evento en la historia humana y el plan divino de rescatar al hombre de su condición de enfermo espiritual.

Para lograr este objetivo, te pido refrescar tu memoria, leyendo los párrafos a continuación, tomado del posteo original el 24 de marzo 2020, en los cuales intento explicar que el dolor, la enfermedad y la maldad solo se pueden evaluar de manera entendible al considerar la existencia de Dios en medio de esta pandemia. El mundo sufre con el virus, y ese sufrimiento sirve de contraste con los designios originales del Creador.

“Algunas personas me preguntan: “dónde está Dios cuando el mundo sufre?” o más común es la pregunta, “Si Dios es bueno, ¿por qué está lleno el mundo de dolor, enfermedad y maldad?” Estas preguntas requieren una respuesta. Las condiciones en que nos encontramos en este momento en Chile y muchos países del mundo ruega que demos una respuesta cuerda y fundamentada a la pregunta plantada.

Primero debemos entender del dolor, la maldad y la enfermedad y todo lo que ello compone se tiene que tratar en vista de un punto de referencia aparte de la maldad misma. Vale decir que la maldad no existe sola. La maldad y la enfermedad ocurren solo en presencia de la bondad, de la salud, y de lo bueno. La maldad se define cuando la comparas con lo bueno.

Segundo, la afirmación inconsciente detrás de la pregunta recién planteada hay un pensamiento similar a la siguiente: “el dolor es malo, la enfermedad es mala y la maldad en sí no es deseada, por lo tanto, estas condiciones existentes señalan la triste realidad de nuestro mundo.” Siendo una afirmación inconsciente, debemos reconocerla y tratar de ver qué significa.

Pero eso no es todo. Hay una cara positiva del dolor. La podemos plantear así: “¿Tiene el dolor alguna ventaja? ¡Si! Claramente que sí. Cuando uno siente el dolor, causado por un hueso fracturado, una herida en la piel o un dolor de cabeza, esto le obliga a la persona a frenar sus actividades, y a conseguir un tratamiento adecuado. El dolor físico es parte del sistema corporal de dar una advertencia a la persona que tiene que corregir algo defectuoso.

Por lo cual el dolor de una enfermedad repentina, como el coronavirus, puede destacar y a su vez, aclarar de manera incisiva qué es lo que realmente importa en la vida. La visión que uno tiene de la vida y del mundo se vuelve menos borrosa, menos confusa a la luz de un virus tan abrumador. Vemos con mayor importancia que la salud física es un don que hemos recibido, no es algo puede asegurarse.

Entonces esto nos enseña que hay consecuencias valiosas del dolor. La realidad del dolor y la maldad confirman aquello que de verdad es bueno. Ello se contra pone a lo bueno, lo sano, y lo íntegro. Esto es lo que uno tiene que buscar en la vida.

Ahora bien, tal como el cuerpo responde al dolor, nuestra sociedad y cultura debería responder al dolor de la pandemia global.Debemos parar la actividad frenética para poder evaluar qué estamos sacrificando en lugar de lo que es verdaderamente valioso en la vida. Sin parar y pensar, se ignora lo realmente precioso: vale decir, LA VIDA MISMA.

Otro asunto respecto a la presencia del dolor y la enfermedad en nuestro mundo es que tiene ver con la creencia común que dice si Dios existe, y si es real, siempre DEBE protege al ser humano de lo triste, de lo doloroso y de la maldad. Es decir, existe una creencia popular que supone que Dios está siempre a mi favor, siempre procurando lo que a mí me sirve o lo que yo quiero. Esta creencia es un error fatal de la definición del significado de la vida.

Cuando una persona cree así, entonces le da cabida a culpar a Dios por la maldad y el dolor que existen en el mundo. Pero esta creencia ignora algo fundamental en la vida: es la existencia del pecado. La maldad, la enfermedad y el dolor nacen en el pecado. La rebelión, la sedición, el conflicto y el destruir al otro es consecuencia del pecado humano. Y ¿cuál es la raíz del pecado? Se origina en nuestros corazones, y en la mente o la voluntad de la persona. Entonces sin duda alguna, existe la maldad porque existe el pecado. Y el pecado brota del corazón del hombre.

Algunos objetan, “pero si Dios es bueno y es poderoso, ¿no puede Dios borrar con el pecado y la maldad?” ¡La respuesta es un “Si!” rotundo. ¡Pero si lo hiciera de inmediato, de la noche a la mañana, entonces El debería borrar con la humanidad entera! Para todas luces un resultado no favorable.

Como consecuencia de las verdades antedichas, nos lleva a pensar que Dios puede convertir la pandemia en algo bueno. No porque mueran personas, no porque las naciones se aíslan, y no porque la economía flaquea y los trabajadores pierden su empleo. No. Es por otra razón: podemos ver que, a través de esta maldad, y a través de esta enfermedad Dios extiende, por medio de un actuar paciente y misericordiosa, Su esperanza, Su presencia personal en la vida del enfermo, y en particular, nos proporciona a todos la oportunidad de reevaluar nuestra relaciones…con nuestros vecinos, con nuestros amigos y con nuestra familias. Esta enfermedad, como otros desastres de tipo natural o de tipo nacional, permite que veamos lo que Dios siempre estaba mostrándonos…que El está dispuesto y capaz de socorrer a los que vuelvan a El.

Entonces, ¿dónde estamos? Tenemos las siguientes conclusiones: hay que reconocer el concepto del valor positivo de la enfermedad, puesto que ella sirve de recuerdo fuerte y directo de nuestra frágil condición humana. Segundo, para explicar la presencia del mal en sí, la enfermedad es consecuencia del pecador del mismo hombre y por medio de este mal, el mismo hombre puede aprender y perfeccionar su sentido de responsabilidad por sus acciones. Finalmente, sostengo que el Dios de la Biblia es capaz de convertir la tremenda pérdida de la vida humana en un bien mayor tanto por el que muere, a través de la resurrección, al igual que los que quedan atrás, al poner de relieve la realidad que ellos también son mortales.

Es aquí que podemos realmente proponer una conclusión válida del impacto del corona virus. Voy a sacar algunas conclusiones generales primero, y luego algunas específicas. Es mi convicción que todas las “plagas” o pandemias mundiales creen una sensibilidad que de otro modo no se admite en la mente humana. Gracias a la pandemia que todos valorizan su propia salud más de lo que la valorizaban antes de tener que luchar con la pandemia.

Segundo, el mundo tiene una empatía mucho mayor por los otros que sufren de las enfermedades. Los que estén centrado en su propia realidad ahora, en estas condiciones, solo ser puede llamar ciegos, lo cual es una condición tonta en nuestro mundo.

Tercero, aun los avances más poderosos, impresionantes, y más patentes en la medicina y la salud se pueden desvanecer rápidamente. Tan pronto que se descubre un remedio o una vacuna para una enfermedad, aparecen nuevos brotes, nuevos virus, nuevos peligros. Este mundo siempre será un lugar hostil al ser humano.

Finalizo este artículo, un poco más extenso que los normal, con la siguiente idea: los virus, como el pecado particular, son imposibles de erradicar SIN UN MEDICO, sin un DOCTOR. Del mismo modo es imposible vencer el pecado o de ser perdonado por el pecado, sin que tenga un SALVADOR quien viene del más allá para rescatarnos de nuestro propio mundo enfermo. Hasta que uno recibe a Cristo como Salvador personal y le rinde al Señor Jesús el lugar que merece en su vida, no puede estar 100% sano, ni tampoco 100% restaurado. Solo cuando el Señor Jesús te sane y te limpie del efecto del pecado, es que tendrás un corazón nuevo, limpio, reconciliado con Dios. Por esto la Biblia afirma positivamente el Hechos 4:12, “En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos.”

Si COVID-19 te enseña algo, que sea que busques ahora de todo corazón al Salvador. Para ello, estoy más que dispuesto a proveerte con respuestas, y ayuda de la Palabra de Dios. Puedes escribir tus preguntas abajo y haré lo posible para contestarla al rato después. Tenemos solamente este momento para decidir cómo responder al virus del pecado.

¿Qué harás?

David L. Rogers, M.A.Min.
Santiago, Chile

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